Cuando mis padres hicieron la señal de asentimiento, estallé de alegría. No me lo podía creer; me habían llevado hasta la tienda engañada. No podía imaginar que me irían a regalar la máquina de fotos con la que había estado soñando durante meses.
- Te lo mereces por acabar el bachiller -me dijeron-; es lo mínimo que podemos hacer para agradecer y valorar tu esfuerzo.
Lo cierto es que no me separo de la cámara. Duermo junto a ella, con eso lo digo todo.
Me he propuesto fotografiar la vida que me pasa por delante.
Mi padre, fiel a sus miedos, cuando me ve al lado de la cámara, empieza a protestar y utiliza una palabra que le encanta: Obsesión. Pero además, es una actitud mía que le hace muchisima gracia, porque viene de familia. Al pricipio, cuando me nombraba esta palabra me producía un fastidio tremendo y acababa enfadándome con él.
Me quedaba callada, pensando. Entonces él empezaba a mover la cabeza de un lado para otro, porque sabía que iba a encontrar un razonamiento que lo tumbaría. Y así era. Mi madre me soplabla una palabra, solo una palabra. En este caso de la camara, Romanticismo.
Fue la clave, por supuesto, para elaborar mi argumento.
- Papá, ¿no te has dado cuenta de que es una cuestión de romanticismo? ¿Acaso no llevas tú una foto de mamá en la billetera a todas partes?
¿Entendéis ahora por qué me llamo En Pie con el Puño en Alto?
Aquí dejo una muestra de las fotografías que he hecho en estos últimos cuatro días.
Esta es Luna: Una amiga (se llama Dorina) pensó que era una lechuza. Así, que ahora hablamos de la perra-lechuza.
Los Agapanthus Africanus, empezando a florecer, en al jardín.
Estas son una especie de Calas amarillas, cuyo nombre no conozco, así que se admiten sugerencias.